banqueta /1

25 septiembre 2009

Vi a Rudy de nuevo en una esquina.

Era el medio día había tomado una ruta de camión que no concia, una que va del Museo de la Ciudad hasta López Mateos. Vi a Rudy entonces entre el calor y el sol que entra por la ventanilla del autobús, ese sol que deja mis brazos sudorosos y sucios de aire y mugre. Lo vi entre esas vistas fugaces y frágiles que arroja la velocidad del transporte público. Aun así logre verlo. Justo en esa esquina donde estaba Rudy esperando cruzar la calle, la imagen se volvió más lenta y espesa. Hacia un par de meses que no veía a Rudy por las calles de la ciudad.   Y bueno… ¿Que causa tanta lata  ver a  alguien? Es que cuando veo a Rudy siento vergüenza. No de el. Siento vergüenza de mí. No de mi actos ni de mis decisiones. Siento una vergüenza partidaria de la solidaridad que tengo a ese lado mío de extremo cotidiano. Ese lado desolado, adicto, promiscuo, “solo”.

Ese lado instintivo, ese sueño que duerme en  cloaca, entre pavimento y árboles que arrojan sombras que a nadie importan. Tengo pena de mis ojos que ven un pasado mentiroso y lagrimean con un futuro irreconocible. Rudy era un chico como yo.  Lo digo por que nos veíamos en algunas de esas  “fiestas”  desde la  secundaria. Bebimos alguna vez un par de cervezas y a decir verdad cruzamos contadas palabras, era un chico serio pero para ser un conocido secundario lo consideraba yo bastante sociable. Estuvimos reunidos con amigos comunes  en los últimos días de aquel histórico y urbano recinto de “Casa Vieja” en el centro de la ciudad.  Lugar donde se reunía  por la madrugada un lado de la ciudad que no se veía por las banquetas de mi casa y en mis libros de sociología de la preparatoria. Era la primera vez que llegaba a mi casa justo después que el  hombre del periódico. Ese último día que vi a Rudy, estaba con Ana y Elena  bailando frente a una banda empolvada en tonos mates, bailábamos canciones de swing rasposo. Bailábamos sin cesar con esa libertad que aun no reconocíamos en nuestras caderas que ya no eran adolescentes pero tampoco adultas. Caderas que arrojaban dudas fáciles de disipar y preguntas difíciles de lograr por un adulto en serie. Bailábamos sonriendo con los cabellos levitando en el aire cuando un hombre de edad avanzada y apariencia de juventud nostálgica me dijo. 

–        Morra autodestrúyete -. 

 Su cabello era tan crespo y chino que formaba un gran micrófono sobre su cabeza, tenía unos lentes muy a la John Lennon. No pude mirar mas allá de sus formas inmediatas y lo mire con una expresión un tanto de susto y como en repetidas veces aun ahora, me limite a sonreír. Por que una sonrisa es el mejor pretexto para no decir nada y tratar de entenderlo todo. La idea de la autodestrucción aun me parecía la forma objeto de bomba, disparo, balazo y tono, autodestrucción pública y complicada. A tan abrumadora propuesta en tan peculiar lugar decidí darle vuelta a mis caderas y con aire grosero dejar que mi “greñero” le diera la espalda.

 Ese día en que alguien me sugería una autodestrucción, vi a Rudy por ultima vez con una cerveza en mano y aunque no hablamos de nada, mi idea de futuro supongo no esperaba encontrarme a Rudy por las calles de la ciudad, con la mirada sumergida en si mismo

Con un azul turquesa bailando alrededor de sus ojos, brillos entre sus lagrimales, esos ojos humedecidos de soledad o de humo y su cabello grifo adornado con objetos tan fríos y lejanos como lo es su sombra ahora en esa esquina de la ciudad, su sombra clavada en mis ojos, y mis ojos llorándole a esa autodestrucción y esa falsa idea que todos llevamos dentro. Rudy era un chico como yo.  ¿Y quien era yo, ese chico?

 

 Banqueta

Paola Reyes

 

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