tráfico

22 enero 2010

calle / 1

Camino por la arteria transitada con el hombro cabizbajo y la mirada en la defensa del auto del frente. El copiloto esta mañana una joven de apenas 19 años maquilla su rostro mientras el mundo se detiene para ella, el mundo se refleja en el pequeño espejo que arroja partes de su rito: una línea café cobre bajo el ojo, un rojizo en las mejillas, un par de pestañas erguidas.                                                                       Camino bajo la arteria transitada y me niego a encender el radio pero sucumbo ante la tentación del aire acondicionado: 28 grados, hoy tengo frío en los huesos y mi mirada está congelada solo un calor sofocante puede apaciguar mis ansias (o entumirlas)
Estoy inmersa en la arteria transitada, soy yo y los dos metros que me cuelgan de aluminio, motor, hule, cuero, espejitos, espejitos.  Hoy no quiero calcular minuciosamente mis movimientos opto por reducir la velocidad entendiendo así que no me hago responsable de mis movimientos buscros, HOY NO HAY MAS MOVIMIENTOS BUSCROS.

8:20 am, el copiloto desciende de la unidad y yo me despido de ella viendo mi rostro en el espejo lateral izquierdo. Roaaaaaaaam me carcome el ansia apenas me quedo yo sola en el bunker y aprieto mis ojos como naranjas en puesto de jugo, pretendo escurrir lagrimas, mi cuerpo adentro llora pero mis ojos imposibilitan el acto. Resultado: se afloja mi nariz y lo que escurre en ella, justo en el momento en que escurre mi nariz recuerdo que tengo un par de panes con mantequilla en la mochila que coloqué en el asiento trasero; Comienza el circo matutino, estira y estira mis brazos procuran cada vez que lo ven posible arquearse,  mis dedos entonces danzan de arriba abajo queriendo cachar algo, resumo mi ser en mis manos que al igual que mi ansiedad buscan saciar el pensamiento con algo en el estomago, mientras tanto mi mirada no ve nada.

No veo nada,  ya me he mimetizado con el trafico.

8:58  Luz roja, ya vas tarde. Soy la arteria y mis pensamientos la transitan,

soy mi ego y siempre, siempre, soy mi tráfico.

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Caminando. Haciendo camino.

13 octubre 2009

Cuando escribi el primer post estaba eufórica por plasmar aca mis pasos en la ciudad:  mi escala escala banqueta  mi escala dos ruedas y mi peor escala; el automovil. Pero de la euforia aveces solo salen brincos aislados y hoy bueno,  regreso con mas animos para hacer lo que  “Decia ” (dificil que dificil)  de querer regresar un poco de ese posible encanto a la ciudad, aunque  mucho de lo que yo escriba aqui sera mas en son de como me gustaria ver mi ciudad (bueno, uno tiene que darse animos).

Estas dos ultimas entradas  fueron completas evidencias de un lado de la  calle y la orilla de la calle (banqueta) que no son tan agradables pero  sin embargo forman parte del juego metropoli: El abandono y  la pobreza. Y cuando hablo de que formen parte del juego no es que me quiera acostumbrar a ello, pero simplemente me queda claro que no verlo o ignorarlo seria aun mas grave. Caminar por la calle te permite armar mapas personales,  caminar no te permite ignorar aunque mucha gente parezca que lo hace. Caminar te obliga a ponerte en contacto (por mas pequeño que sea)  y asumirte como parte del mapa, contrario a lo que uno hace cuando circula en el auto donde las vias y trayectos son mas predecibles al menos que en el peor de los casos suceda un imprevisto que cambie el ritmo y uno tenga que ver TENGA QUE HACERLO. Caminando todo es un imprevisto cualquier cosa puede pasar y eso para mi hace que la vida sea mas rica en si misma.

VAS QUE VAS, CAMINANTE

Texto: Eusebio Ruvalcaba

Defiendo mi derecho a caminar por esta ciudad. Siempre he sido caminante incansable. La violencia que se vive en la capital está en boca de todos —¿quién no ha sido asaltado?; antes era un hecho notable, la víctima se volvía famosa; ahora nadie le hace caso—, pero no por eso voy a dejar de practicar una de las actividades para mí más placenteras. Porque el acontecimiento de caminar va de la mano con la introspección más profunda. Se da el primer paso, se da el segundo, y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría a la primera línea que se lee de un libro: que de pronto el viaje se torna experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo en el devenir de la calle —aun en el caso de que se trate de una calle conocida—, avanzo en el conocimiento de mí mismo. Caminar me descubre eso. Me revela matices, facetas, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto. Pero no sólo eso: cada fachada, cada esquina, cada comercio —y, más que nada, cada vecino— que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de hermetismo y misterio; que uno lo descubra depende del ejercicio de la observación. Y de la humildad. Por supuesto que para caminar —digamos de las 12 de la noche en adelante— habrán de tomarse determinadas precauciones. Por ejemplo, no llevar más dinero del necesario, o evitar pasearse por calles solitarias o que arrastren fama de peligrosas. Sobra decir que hacerlo sería necio. Caminar forma parte de la imaginación narrativa. Sobran las novelas de caminantes inveterados. Tal vez porque el escritor quiere salir de su entorno, aventurarse por otros linderos, tocar el sedimento de determinados abismos, asomarse tras ventanas que se encuentre en el camino. Tal vez porque en el fondo de todo escritor hay un trashumante, un hombre que no se puede estar en paz. Salga o no de su casa, eso es lo de menos a la hora de narrar, ese novelista se imagina recorrer las calles de ciudades allende el mar. Calles en las que nunca ha estado, que sus pies jamás han pisado. Y he aquí otra de las atracciones de caminar por las vías que pueblan, por ejemplo, el corazón del Distrito Federal. ¿Cómo no emocionarse cuando se camina en calles por las que han deambulado hombres como Vasconcelos, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Francisco Villa, Amado Nervo, Emilio “Indio” Fernández, Pedro Infante? Pero no hay que ir tan lejos. Se viva donde se viva, solo o acompañado, que cada cosa tiene lo suyo, cada ciudad representa un desafío para el caminante. Que nuestros pies tomen su ciudad es el siguiente paso.

 

 

Vas que Vas.Libertad 2009.

Calle

10 octubre 2009

Todo lo toxico de mi país a mi me entra por la nariz
Lavo autos, limpio zapatos, huelo pega y también huelo paco
Robo billeteras pero soy buena gente soy una sonrisa sin dientes
Lluvia sin techo, uña con tierra, soy lo que sobro de la guerra
Un estomago vacío, soy un golpe en la rodilla que se cura con el frío
El mejor guía turístico del arrabal por tres pesos te paseo por la capital
No necesito visa pa volar por el redondel porque yo juego con aviones de papel

SDC13184

Cuando cae la noche duermo despierto, un ojo cerrado y el otro abierto
Por si los tigres me escupen un balazo mi vida es como un circo pero sin payaso
Voy caminando por la zanja haciendo malabares con 5 naranjas
Pidiendo plata a todos los que pueda en una bicicleta en una sola rueda
Soy oxigeno para este continente, soy lo que descuido el presidente
No te asustes si tengo mal aliento, si me ves sin camisa con las tetillas al viento
Yo soy un elemento mas del paisaje los residuos de la calle son mi camuflaje
Como algo que existe que parece de mentira, algo sin vida pero que respira

niñaoblatos

Residente/Calle 13

banqueta /1

25 septiembre 2009

Vi a Rudy de nuevo en una esquina.

Era el medio día había tomado una ruta de camión que no concia, una que va del Museo de la Ciudad hasta López Mateos. Vi a Rudy entonces entre el calor y el sol que entra por la ventanilla del autobús, ese sol que deja mis brazos sudorosos y sucios de aire y mugre. Lo vi entre esas vistas fugaces y frágiles que arroja la velocidad del transporte público. Aun así logre verlo. Justo en esa esquina donde estaba Rudy esperando cruzar la calle, la imagen se volvió más lenta y espesa. Hacia un par de meses que no veía a Rudy por las calles de la ciudad.   Y bueno… ¿Que causa tanta lata  ver a  alguien? Es que cuando veo a Rudy siento vergüenza. No de el. Siento vergüenza de mí. No de mi actos ni de mis decisiones. Siento una vergüenza partidaria de la solidaridad que tengo a ese lado mío de extremo cotidiano. Ese lado desolado, adicto, promiscuo, “solo”.

Ese lado instintivo, ese sueño que duerme en  cloaca, entre pavimento y árboles que arrojan sombras que a nadie importan. Tengo pena de mis ojos que ven un pasado mentiroso y lagrimean con un futuro irreconocible. Rudy era un chico como yo.  Lo digo por que nos veíamos en algunas de esas  “fiestas”  desde la  secundaria. Bebimos alguna vez un par de cervezas y a decir verdad cruzamos contadas palabras, era un chico serio pero para ser un conocido secundario lo consideraba yo bastante sociable. Estuvimos reunidos con amigos comunes  en los últimos días de aquel histórico y urbano recinto de “Casa Vieja” en el centro de la ciudad.  Lugar donde se reunía  por la madrugada un lado de la ciudad que no se veía por las banquetas de mi casa y en mis libros de sociología de la preparatoria. Era la primera vez que llegaba a mi casa justo después que el  hombre del periódico. Ese último día que vi a Rudy, estaba con Ana y Elena  bailando frente a una banda empolvada en tonos mates, bailábamos canciones de swing rasposo. Bailábamos sin cesar con esa libertad que aun no reconocíamos en nuestras caderas que ya no eran adolescentes pero tampoco adultas. Caderas que arrojaban dudas fáciles de disipar y preguntas difíciles de lograr por un adulto en serie. Bailábamos sonriendo con los cabellos levitando en el aire cuando un hombre de edad avanzada y apariencia de juventud nostálgica me dijo. 

–        Morra autodestrúyete -. 

 Su cabello era tan crespo y chino que formaba un gran micrófono sobre su cabeza, tenía unos lentes muy a la John Lennon. No pude mirar mas allá de sus formas inmediatas y lo mire con una expresión un tanto de susto y como en repetidas veces aun ahora, me limite a sonreír. Por que una sonrisa es el mejor pretexto para no decir nada y tratar de entenderlo todo. La idea de la autodestrucción aun me parecía la forma objeto de bomba, disparo, balazo y tono, autodestrucción pública y complicada. A tan abrumadora propuesta en tan peculiar lugar decidí darle vuelta a mis caderas y con aire grosero dejar que mi “greñero” le diera la espalda.

 Ese día en que alguien me sugería una autodestrucción, vi a Rudy por ultima vez con una cerveza en mano y aunque no hablamos de nada, mi idea de futuro supongo no esperaba encontrarme a Rudy por las calles de la ciudad, con la mirada sumergida en si mismo

Con un azul turquesa bailando alrededor de sus ojos, brillos entre sus lagrimales, esos ojos humedecidos de soledad o de humo y su cabello grifo adornado con objetos tan fríos y lejanos como lo es su sombra ahora en esa esquina de la ciudad, su sombra clavada en mis ojos, y mis ojos llorándole a esa autodestrucción y esa falsa idea que todos llevamos dentro. Rudy era un chico como yo.  ¿Y quien era yo, ese chico?

 

 Banqueta

Paola Reyes

 

escala

23 septiembre 2009

 

Naci a escala banqueta  pero alguien me hizo creer que entro bien en un auto. Solo miro al cielo cuando estoy sola y mientras tanto no quito el ojo del paso. Hoy es el Día Mundial del Auto justo  tengo 3 años conociendo la fecha, precisamente hoy pasé mas de tres horas arriba del auto, y después de tanto humo en la cara circulando por las calles transitadas en exceso  pense que era momento de regresarle  a la  ciudad(es)  un  poco de su oculto  encanto (imaginario)  y su evidencia silenciosa con el paso de sus años.sobre Juárez

Banqueta a un costado Laboratorio de Artes Variedades, Larva. Gdl. Centro